domingo, 5 de mayo de 2013

Prologo

Hola a todos, como el titulo de la entrada indica, os voy a hablar de un prologo. Pero no de un prologo cualquiera, sino el de mi novela que estoy escribiendo.

Aquí os dejo el prologo, espero que os guste tanto como a mi


Prólogo

El soldado que vigilaba las puertas de la aldea de Aínsa nos permitió el paso después de

que mi padre le comentara que eramos unos mercaderes que íbamos de aldea en aldea

vendiendo productos artesanos.


Desde la ventana del carromato se podía respirar la fiesta de las calles decoradas con

estandartes con el escudo de la aldea. Igual te podías cruzar con juglares que cantaban sus

historias mientras tocaban su laúd acompañados por mayores y niños como con soldados

desgreñados blandiendo hacia el cielo sus robustas espadas.


Todas las posadas estaban llenas; no cabía ni un alfiler más. Seguimos buscando hasta que

se hizo de noche. Si no encontrábamos una pronto tendríamos que abandonar la

aldea y probar suerte en otra, puesto que nuestro carromato solo lo utilizábamos para

llevar la mercancía y apenas había espacio suficiente para poder dormir dos personas. Ya

nos habíamos dado por vencidos cuando de repente la suerte pareció sonreírnos: por fin

una posada, y encima muy cerca de palacio. Mi padre me mandó entrar a preguntar si

quedaba hospedaje porque él ya había perdido la esperanza de encontrar algún sitio donde

poder pasar la noche.


Adentro apenas quedaba nadie pues todos estaban en las calles. Me dirigí hacía la barra y

pregunté por el posadero. Me respondió un hombre moreno ya entrado en años y de

semblante seco. Tenía una recia barba y una fea cicatriz en la parte superior de la ceja

derecha, señal de alguna trifulca antigua.

Soy yo, ¿Que desea?—me dijo dando un estrepitoso golpe sobre el mostrador con su

rugosa mano.

—Quería saber si tiene alojamiento para dos.—le pregunté con la mirada perdida en el lugar

—Pues es su día de suerte: acaban de quedar dos catres vacías.

¡Ah,sii! no sabe la alegría que me da —con una sonrisa de oreja a oreja salí a fuera.—

Padre hay dos catres disponibles.


Nada más oírme abrió la puerta del carromato con cara de felicidad. Cuando entramos,

esperamos en la barra a que terminara el posadero de atender las mesas.

A pesar de su duro aspecto era un hombre amable con su clientela y no permitía peleas en

su local. Su atuendo estaba compuesto por unas calzas de lana en marrón oscuro y una

camisa de un color que en sus inicios sería blanca pero que el paso de los años había vuelto

amarillenta. Llevaba también una faja ancha en color granate y unas botas desgastadas.


—Perdonen la espera-dijo dejando sobre la barra unas cuantas copas vacías —¿queréis

las dos catres?

—Sí, si es tan amable—respondió mi padre sacando de su bolsillo un saquito lleno de

maravedíes.

—¿Cuantas noches piensan quedarse?—preguntó dejando dos llaves roñosas sobre la

barra

—Unas siete noches.

—¡Aquí tenéis las llaves! Disfrutad de vuestra a estancia —volvió a salir de la barra derecho

a las mesas.

Salimos a recoger nuestras pertenencias y algunos maravedíes más. Cuando entramos con

los baúles se nos acercó.


—Perdonadme, pero no os he dicho dónde están vuestras habitaciones —cogió nuestros

baúles – ¡Seguidme!

Nos condujo por unas escaleras que se encontraban en la parte posterior que subían

discretamente hasta un largo y nada bien iluminado pasillo.


Nuestras habitaciones estaban al final del pasillo. Eran las dos últimas de las seis que había

en el lado derecho. Mi padre se decantó por la ultima y a mí no me tocó otra que

acomodarme en la que quedaba. Sin mucho ceremonial nos despedimos hasta la mañana

siguiente pues estábamos agotados del traqueteo del carromato. Entré en ella dejando el

baúl con un golpe seco en el suelo que retumbó en la penumbra del cuartucho. Vagamente

vislumbre un candil en el que apenas quedaba aceite en una mesita del lado izquierdo de la

cama y lo encendí. Me apresuré a cambiar mis ropajes tiesos por el polvo del camino por

un kamese que se se componía de una camisa y calzones cortos, parecidos a los pantalones

de los bárbaros, pero muchos más cortos y semicubiertos por una túnica que guardaba al

principio de la valija. Enseguida mis huesos notaron que el colchón de paja no había sido

aireado en días, cosa que perdoné de inmediato pues era tal el cansancio que acumulaba

mi cuerpo que cualquier camastro hubiese sido bien recibido. Apenas si di unas cuantas

cabezadas cuando de repente me vi en medio de un bosque que no reconocía rodeado por

criaturas mágicas. Un dragón dorado que desplegó una de sus alas en la cual tenía marcado

el símbolo de un águila se me acercó intentando calmarme.

—Edmo todos nosotros necesitamos urgentemente tu ayuda. Para ello te vamos a

encomendar la misión de que protejas con tu vida si fuese preciso este colgante que para

nosotros lo es todo, y lo encierra todo—dijo con una solemnidad que jamás había

escuchado Edmo en otro ser viviente, mientras los otros dragones de un color rojo

inexplicable expulsaban por sus bocas llamaradas de un impresionante fuego azul que

dejaba en la tierra un circulo con un águila justamente en el medio de donde yo me

encontraba sin que apenas yo sintiese mas que una tibia brisa reconfortante.

De un sobresalto desperté empapado en sudor. Parecía como si mi corazón ya no me

perteneciera y se me fuera a salir por el pecho del que misteriosamente me colgaba un

amuleto que jamás había visto, salvo en el sueño que casi me mata. 


Hasta pronto, estaré a la espera de vuestros comentarios sobre ello.

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